Cutié, Lugo Y El Celibato

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Escribir sobre las deslealtades de Fernando Lugo y Alberto Cutié hacia Dios y el daño que le hicieron a la Iglesia Católica, se me hace difícil, chocante y me envuelve en tristeza.

¿Y por qué tengo que referirme a estos casos y no a los más de 400 mil religiosos que viven en el anonimato y que son ejemplo de virtudes, predican la Palabra de Dios con abnegación, son valientes misioneros, mártires, arquetipos de lealtad a Dios, a su Iglesia, a su feligresía?


Estos sacerdotes, monjas, hermanos, no hacen escándalos, por tanto “no venden” y no son interés de los medios de comunicación. Como tampoco parece que “vendiera” las persecuciones a los religiosos en los países asiáticos como China, Corea del Norte o en algunos países africanos e islámicos.

Algunos de estos Estados no otorgan visas a sacerdotes, ni tampoco permisos para construir iglesias. Hay casos que el permiso hay que solicitarlo al propio presidente del país. En Turkmenistán, por ejemplo, las autoridades siguen denegando el permiso a la Iglesia ruso-ortodoxa para edificar una catedral.

Incluso apresan a los religiosos por divulgar su fe. En Kazajistán sentenciaron a una misionera rusa de la Iglesia de Unificación por “graves crímenes contra la paz y la seguridad”.

Los casos recientes de Cutié y Lugo han motivado la batahola de la prensa amarilla, de los “modernistas”, de los “caviares” y de tantos enemigos de la Iglesia Católica, que piden el cese del celibato de los sacerdotes que han hecho voto de castidad, para que se esté “a tono” de los tiempos actuales.

Sin pretender juzgarlos, ellos libremente hicieron el voto de castidad. Nadie los obligó. Ellos abjuraron de su palabra a Dios. Y si lo han hecho con Dios, cualquier promesa a los hombres es pueril.

Lugo engañó a los paraguayos, él había prometido erradicar la corrupción y sin embargo, es el primer corrupto.

El padre Cutié fingió ante sus feligreses y como señaló el Cardenal Juan Luis Cipriani, fue “quizás invadido por la soberbia y la vanidad” e incluso “no ha pedido perdón”.

Desgraciadamente las cámaras de televisión a muchos los obnubilan, los hacen sentir poderosos y arrollan a la humildad y modestia. Si de verdad se arrepintiera, debería enviársele por 10 años a un convento benedictino para que recupere los valores perdidos y revalore la oración.

El Hermano Carlos Piccone, de los Hermanos Menores Franciscanos Capuccinos, nos envió una reflexión: “Percibí con mayor claridad lo que dice San Pedro en su primera carta: “el diablo como león rugiente ronda buscando a quien devorar”(1Pe 5,8); ya lo había experimentado el mismo Jesús en Mc 14,27, actualizando la profecía de Zac 13,7b: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”. El astuto diablo sabe que saca mayor provecho atacando a los pastores de la Iglesia que ensañándose con una pobre ovejita”

El diablo utiliza cualquier método para que la humanidad entre en el pecado y se aleje de Dios. Los sacerdotes son sus principales blancos. Satanás quiso tentar al Padre San Pío de Pietrelcina apareciendo bajo las formas más variadas: “bajo forma de jovencitas desnudas que bailaron; en forma de crucifijo; bajo forma de un joven amigo de los frailes; bajo forma del Padre Espiritual, o del Padre Provincial; de aquel del Papa Pío X y del ángel de la guarda; de San Francisco; de María Santísima, pero también en sus semblantes horribles, con un ejército de espíritus infernales.

A veces no hubo ninguna aparición, pero el pobre Padre fue golpeado hasta salirle sangre, atormentado con ruidos ensordecedores, lleno de escupitajos etc. Él logró librarse de estas agresiones invocando el nombre de Jesús”. Dos víctimas espiritualmente débiles fueron, sin duda, Cutié y Lugo.

Hoy el diablo está triunfando porque está haciendo creer a la gente que no existe y que su presencia yace sólo en las fábulas o que es un invento de la Iglesia para que la humanidad se acerque más a Dios.

Volviendo al tema del celibato, que es el objetivo principal del ataque contra la Iglesia, hay que señalar que Jesús fue célibe y fue ejemplo de una vida totalmente consagrada a la misión que Dios le había encomendado.

El celibato permite al sacerdote “unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres” (Código de Derecho Canónico c. 277). Como sugiere San Pablo (1Cor 7,32-34) y lo confirma el sentido común, un hombre no puede entregarse de manera tan plena e indivisa a las cosas de Dios y al servicio de los demás hombres si tiene al mismo tiempo una familia por la cual preocuparse y de la cual es responsable.

“La castidad logra una armonía y complementariedad de cuerpo y alma; de tal manera, que ya no es el sacerdote un hombre cualquiera, sino que es un hombre que recibe un tesoro, un don o un regalo de Dios que lo capacita para vivir esa entrega total, ese amor o ese enamorarse con todas las consecuencias de esa integración de cuerpo y alma a Dios”, expresó Cipriani.

Fuente: Ricardo Sánchez-Serra
Periodista. Miembro de la Asociación de Prensa Extranjera

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