Iglesia sin enemigos

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Una de las razones, entre muchas, del declive de la religión cristiana, especialmente la católica, es que se ha quedado sin enemigos visibles, el mayor de los cuales, en cuanto ideología y en cuanto organización, el comunismo.

Decimos visibles porque son los que para ella tienen significado proselistista a la hora de presentarse ante el mundo, que es, por otra parte, uno de de ellos.


Resulta paradójico pensar que una sociedad dedicada al bien, a la bondad, a la caridad... pueda tener enemigos declarados. Pero éstos no son sino aquéllos que ella ha querido que lo sean, los que a lo largo de la historia se ha creado, los que la Iglesia ha ido motejando de enemigos, quizá porque no eran enemigos sino competidores, ésos que buscaban "otro bien", el hombre. Interés interesado el de la prepotencia.

El enemigo común une y es necesario tener siempre a mano uno para reafirmar necesidades --la existencia propia es la primera-- y sustentar proyectos. El comunismo el primero... y el último.

Decir que un Jerarca salido de las nieblas umbrosas donde dominaba el comunismo fue el artífice de su caída es dar importancia a quien no tiene ninguna: el comunismo, inviable como sistema económico, hacía tiempo que estaba podrido por dentro y por eso sucumbió, sin necesidad de que ninguna “autoridad moral” le diera empujón alguno. La nueva pretensión de que las naciones salidas del comunismo sean la panacea cristiana salvadora de Europa está topando precisamente con la verdadera, la real, la auténtica causa de su derrumbe: la economía que rige cerebros por regir estómagos.

En plena Reforma protestante se produjo en la Iglesia una crisis teológica como nunca había existido. Sin embargo la Iglesia tenía un enemigo al que enfrentarse y en quien personalizar el mal sobrevenido.

Hoy gran parte de las pretensiones teológicas protestantes son carne dogmática del catolicismo, aunque con la enorme diferencia de que la católica ha conseguido preservar la unidad bajo un único soberano. La Iglesia de Roma aguantó el chaparrón y venció. Primero sostener el "reino", luego... ya hablaremos de principios, parece decir la historia de estos quinientos años.

Por las razones apuntads, hoy la Iglesia se enfrenta a una novedosa crisis interna teológica –un como sentimiento de interna descomposición , de pereza exploradora, de letargo vivencial— porque, a diferencia de otros pasados, hoy el enemigo no existe, se aleja, no quiere "batallitas", ha dado la espalda a tanta pretendida belicosidad religiosa. Hasta en las charlas coloquiales se aprecia: "Déjame en paz con ese rollo que no me interesa. Allá ellos... y el que quiera creer que crea".

Es cierto que la Iglesia presenta en sus lábaros el espantajo de la inmoralidad, de la pobreza, de las disensiones, de las guerras... pero este enemigo también lo es "del hombre", con la diferencia de que éste mira a otro sitio, busca otras fuentes de inspiración, otras recetas salvadoras, es más, busca por sí mismo los remedios.

Sus enemigos son también nuestros enemigos.

La Iglesia se encuentra perdida en la "sociedad del bienestar". No sabe contra qué luchar, ha perdido las referencias del enemigo. Curiosamente da vueltas en torno a problemas que nada tienen nada que ver con el credo; o, si son internos, en torno a otros generados por ella misma para situarse decididamente a contracorriente. En definitiva, entorno a problemas cuyos afectados no quieren encontrar solución en sus recetas.

Fuente: Humanismo sin credo

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