Psicomorfología y clerecía

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En un apartado de la Psicología se estudiaba o se consideraba la relación que existe entre la apariencia externa del individuo, fundamentalmente la cara y su expresión, con la pesonalidad y el carácter de la persona.

Para quien sepa ver, el contorno de la cara, los ojos, el arqueo de las cejas, la forma de la boca, las comisuras de los labios, el mentón... dicen bastante de la personalidad del individuo. Hay elementos objetivos para hacer un diagnóstico previo, aunque se considera como algo casi anecdótico y poco relevante en el conocimiento de la personalidad o en el tratamiento conductual.


No hacen falta, sin embargo, criterios técnicos psicológicos para darse cuenta del personaje con quien estamos: “La cara es el espejo del alma”, se dice.

¿"El alma"? Remitimos a lo dicho en otro sitio. Pinchar para ver.

En aquel libro en otro tiempo de lectura casi obligada para los adolescentes, especialmente los usamericanos, “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger, el muchacho protagonista expulsado del exclusivista Colegio Pencey dice lo que sigue:

Childs me dijo que lo que me pasaba es que nunca iba a la iglesia ni nada. Y en eso tenía razón. Nunca voy. En primer lugar porque mis padres son de religiones diferentes y todos sus hijos somos ateos. Si quieren que les diga la verdad no aguanto a los curas. Todos los capellanes de los colegios donde he estudiado sacaban unas vocecitas de lo más hipócrita cuando nos echaban un sermón. No veo por qué no pueden predicar con una voz corriente y normal. Suena de lo más falso.

A pesar de la trasmutación en laicos, civiles, seglares, potentados o mendigos, cuando un cura se quita su disfraz y pasea por la calle, cuando acude a algún lugar, cuando se presenta ante alguien... “se le nota” que es cura.

Es la forma de andar, si va deprisa a zancadas y si va despacio con ese leve contoneo característico; es el desgarbo en las formas y en el vestir; esa suave inclinación del torso hacia delante; el ladeo de cabeza; la forma de cogerse las manos, el frotárselas sin motivo; el modo de portar un libro; la semisonrisa beatífica, la forma de mirar huidiza... en general es esa sensación de carencia de energía vital. “Tiene una pinta de cura que tira p’atrás”.

No calificamos: simplemente hacemos fenomenología “behaviourista” aunque sí deducimos.

El asunto se torna preocupante, si se toma como indicador de algo, cuando, revestidos de la dignidad sacerdotal por mor de enfundarse unos ornamentos, se ponen a perorar en el sermón dominical, o cuando deambulando por ambientes propios y propicios, comienzan a disertar sin ser momento de sermones.

Su voz se torna pringosa, melíflua, parsimoniosa, untosa. Es la vaselina del verbo, la palabra convertida en “largheto cantabile”, el melindre expresivo. "Suaviter in modo, fortiter in re", o algo parecido. Dan a entender que quisieran, portavoces del mensaje, pasar ellos desapercibidos para que resaltase “la palabra”, el “eu-anguelion”, la doctrina de Jesús.

El paradigma lo tenemos en la figura señera de la Iglesia española, el que fue Presidente de la Conferencia Episcopal Española (¿se apellida Blázquez?). Creo que le tiene que pesar como una losa la voz aflautada de tenorcillo mortecino con que se expresa, el “modus dicendi”.

La trampa en la que caen está ahí, es su psicomorfología sacra: ellos mismos con su forma de hablar están manifestando que no hay mensaje. La convicción de la no convicción.

En su momento no le entendí, pero luego lo he ido corroborando. El tristemente desaparecido en accidente de helicóptero Santiago Amón --¡qué verbo el suyo!-- me decía en aquellas jornadas palentinas algo así: “Ah, el cura de ..., qué cachondo. Bueno, no se cree nada de lo que dice; es un cura ateo”. En su momento reía la gracia y la tomaba como uno de sus exabruptos a que él era tan dado.

Pero he ido constatando ambas cosas: primera que la mayor parte de los curas, en el fondo, no creen nada de lo que sermonean. Oigan algún sermón dominical con este nuevo criterio; segunda, que hay muchos curas que a fuerza de tratar con Dios y no encontrarlo, han deducido que no lo hay.

¿Recuerdan la polémica que se desató en la Iglesia Anglicana con relación al pastor o clérigo que se confesó públicamente ateo? Él, en su propia defensa, arguía que su trabajo lo hacía a la perfección y que estaba suficientemente preparado y capacitado para ello. Porque para él sermonear, bautizar, celebrar el oficio... era un trabajo como otro cualquiera.

Pero, dirá el aturdido creyente, ¿y la transmisión de la fe? ¿Y la vivencia? ¿No se les quiebra el alma y el ánimo ante la esquizofrenia en que viven? Yo, con ellos y sinceramente, digo que no.

Fuente: Humanismo sin credo

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