Basta ya de Guerras Civiles y mártires de la misma

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En la Revista "Aventura de la Historia" aparecerá el próximo mes una foto del que en los años 20-30 fue personaje famoso, "desaparecido" de su pueblo misteriosamente un 23 de julio de 1936 (exorto del Juzgado de Castrojeriz en 1951): el P. Revilla, el primer clérigo fusilado por el bando nacional.

No queda de él ni el recuerdo: sólo en su pueblo se atreve alguno a mencionarlo. Y tengo que decir que en dichos decenios fue un personaje muy popular en toda España, un franciscano bien recibido en todas partes, preocupado por el bienestar de las clases humildes... Si hubiera caído en el "bando nacional" ya hubiera sido declarado "santo".


En cambio, con cierta frecuencia se montan tinglados en el Estado Vaticano para rescatar, a serones, los fusilados por las hordas republicanas... A la Iglesia tirar de "archivo histórico" y "rescate de la historia" le sienta bien. Son los suyos y nada tenemos que decir, aunque mártires-mártires... habría mucho que decir.

Respecto a los mártires "pasados de fecha", muchas de las “Actas de los Mártires” referidas a los primeros siglos se caracterizan por su ingenua vivacidad, pero pierden historicidad porque más son panegíricos que relatos. Véase B.A.C.

En cambio, sí tenemos recientes los “mártires” de la Guerra Civil española que puede arrojar luz sobre el pretendido “martirio por la fe” de los servidores de la Iglesia. Hablamos de los “mártires españoles”, pero algo similar sucedió en Yugoslavia y otros países.

Al leer los testimonios de tal masacre uno no puede por menos que preguntarse el por qué de tal vesania, radicalmente contrarios como somos a justificar cualquier muerte. Las respuestas superficiales explican poco; ni siquiera el testimonio de sus asesinos puede servir de mucho.

No se pueden admitir pretextos diciendo que son “causas reales”, porque las víctimas religiosas no pertenecían a partido alguno; no eran “enemigo” y menos peligros0; sus centros nunca sirvieron para esconder armas; en general eran personas pacíficas y desde luego nada habían hecho directamente a la mayor parte de sus asesinos; tampoco no se les puede tildar de intransigentes o crueles, entre sí o con los demás...

Puestos a recabar otras causas --insistimos, para que no venga algún meapilas a decir lo contrario, jamás "justificaremos" sus muertes--, dejando de lado las anteriores por insustanciales, encontramos algunas:

 Se puede hablar y de hecho se dice que “se habían aliado con los sublevados”... La respuesta es inmediata: ¿quién no va a buscar amparo cuando los unos les están aniquilando y los otros “comulgan” –y nunca mejor dicho-- con sus ideas?

 Influyó, pero no puede hablarse de causa directa, el azuzamiento de determinados líderes políticos contra el estamento clerical.

 También puede verse un deseo irreprimible de venganza, en quien sea, cuando el pueblo es masacrado y directamente sufre con los desastres de la guerra.

 Hubo también la obnubilación mental y emocional, la que provoca en personas de pocas luces, la desestructuración individual y social consecuente con cualquier guerra.

 Ciertamente el clero siempre ha hecho gala, aunque de forma velada como siempre, de su alianza secular con el poderoso, con el rico, con la autoridad opresora.

 Podría aducirse, en consecuencia, que la Jerarquía era vista como la institución que defenía la superstición suplantadora de cultura, además de los intereses “reaccionarios” de determinadas clases sociales, algo que había que erradicar como fuera.

 Asimismo, se puede hablar del ansia por dar rienda suelta al odio alimentado día a día por el control del pensamiento y de las conciencias que que hasta entonces había tenido el estamento clerical sobre el pueblo.

 Si ahondamos en el análisis y consideramos los factores psicológicos presentes en todo conflicto, vemos que las pulsiones sádicas de la personalidad encuentran escapatoria en momentos de desestructuración de la sociedad y se ceban en aquellos miembros del grupo que ofrecen menos resistencia por ser personas inocuas o pusilánimes.

 La agresividad es considerada como un instinto primario del hombre que surge de niveles biológicos (instinto de supervivencia) o sociológicos (respuesta a la frustración que provoca la sociedad). La agresividad, en periodos “serenos” puede ser canalizada, desviada o reprimida de una manera “civilizada” y positiva; en periodos revueltos lo es de otra. Desde luego siempre se dirigirá contra cualquier elemento que considere hostil a su propia subsistencia, a su familia o a su territorio.

 A todo ello se añade el sentimiento de impunidad, escondido en el grupo o alentado por las circustancias, que puede sentir el agresor. Y tal impunidad se dio, porque, dijeron, era la “justicia del pueblo” (¡!)

Fuente: Humanismo sin Credo

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