El Camino Espiritual De La Meditación Y El Silencio

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"El silencio es la oración", reza el Atma Puya Upanishad. Y, realmente, poco más necesitamos para llegar al conocimiento de lo esencial. En una oración ordinaria, verbal, nos escuchamos a nosotros mismos; son las palabras, el lenguaje, lo que desea comunicar con lo Supremo. Y el lenguaje está limitado, es un instrumento para usar entre humanos, pero no para comunicar con lo divino.


‘Oración’ (del lat. oris-ratio: ‘la boca que razona’) podría definirse como "la razón expresada por medio de la boca o de las palabras" y ‘palabra’ (del lat. parábola gr. Parabolé: ‘compración’, ‘símil’) no es más que una imagen que suplanta al objeto, es decir, un presupuesto subjetivo de lo real.

Por tanto, el acceso a lo real se nos escapa al ser interiorizado en lenguaje, como entendería Lacan, lo real no-es, o no puede comprenderse. Lo real es la nada.

He aquí una palabra, ‘nada’, de gran trascendencia filosófica, convertida en un ‘ismo’ por autores como Schopenhauer o Nietzsche. Y es que el nihilismo supone la gran desembocadura del pensamiento filosófico moderno y posmoderno. El ‘ismo’ de la existencia, según Sartre, radica en la aceptación de la nada frente a lo trascendente o metafísico. Recordemos la obra clave sartriana de la formulación del existencialismo: "El ser y la nada".

¿Qué puede hacer el ser frente a la nada? ¿Qué puede hacer ‘algo’ frente a algo que es ‘nada’? ¿Qué puede explicarnos que de la nada surja algo? ¿Qué sentido tiene ser algo para ser luego ‘nada’?

Aquí tenemos la gran dicotomía del sentido de la existencia: idealismo-materialismo. Lo esencial frente a lo accidental.

El ser-esencial de Parménides frente al ser-accidental de Heráclito. El ‘todo es’ frente al ‘todo cambia’.

El budismo asigna dos cualidades de la existencia que niegan la esencia. La característica del no-ser o no-alma (anatman) y la impermanencia (anitya).

El budismo no habla de la nada sino del vacío (sunya). Véase el Sutra del Corazón. Y hay una gran diferencia. La nada es intransitable, pero en el vacío se puede entrar, afortunadamente.

La meditación es la entrada en el vacío. El nirvana (según sus acepciones etimológicas primarias) es la felicidad de la extinción, la dicha ilimitada que proporciona el vacío. Por lo que no es errado decir que el ‘vacío’ es todo y es nada al mismo tiempo.

La meditación es la llave de entrada a la nada. Los nihilistas y existencialistas cerraron esa puerta con llave y la tiraron al océano para que no la pudiéramos encontrar nunca. Nos dijeron que no había llave, es más, que no había puerta. Y, seguramente, ellos así lo creían, no nos engañaron, simplemente no lo sabían. Entraron en la nada con la llave de la razón, del intelecto. Abrieron la puerta sin ver la puerta, usaron la llave sin ver la llave. Y luego cerraron esa puerta con una llave distinta, imaginaria, y nos dijeron que la puerta estaba cerrada. Pero la llave de la meditación solamente abre la puerta, no la cierra. Esa es la diferencia.

Tanto la concepción budista de la existencia, como la nihilista u otro sistema de pensamiento, no deja de ser alegórica: imagen, palabra, oración. Crear teorías equivale a orar, a soltar la razón por la boca. Creamos un pensamiento lógico-causal, sin darnos cuenta de que nosotros inventamos las causas. Inventamos el sistema lógico y sobre tal trabajamos, pensamos, creamos. Pero de forma limitada, como el tren que viaja por la vía. Tiene un progreso real, nadie puede negar que no avance, sin embargo siempre sigue la misma ruta, la misma vía. Cualquier modificación del trayecto más allá de la vía lo hace descarrilar. Está diseñado para avanzar siguiendo una línea previamente trazada, sin opción alguna de improvisación.

En la meditación no hay trayecto marcado. No es una vía, no es una teoría.

La meditación es la entrada hacia la libertad. Y como tal, no tiene mapas, organización, estructura… Es pura infinitud de espacio y de tiempo.

No podemos conocer el tiempo, pero el tiempo nos conoce muy bien. El tiempo sabe dónde estamos aunque nosotros no sabemos dónde está el tiempo. Si lo ves ya se ha ido. Si te das cuenta de que lo ves –que es la única manera consciente de ver- ya se nos ha escapado. Por eso no podemos parar el tiempo, porque la naturaleza del tiempo es su continuo movimiento, su impermanencia. El fluir del que nos habló Heráclito. Y del que también nos habló Buda.

Hay unos versos del poeta español José Ángel Valente que nos dicen mucho a este respecto: "Cuando ya no nos queda nada, / el vacío del no quedar / podría ser al cabo inútil y perfecto".

Meditar es despojarse del lastre del ‘yo’. Hacernos más ligeros, más simples, más fundamentales. De forma progresiva nos vamos desatando el nudo que a lo largo de nuestra vida ha ido adquiriendo una intrincada complejidad.

En los versos de Valente vemos que después de ‘nada’ aparece ‘el vacío’. "Cuando ya no nos queda nada, el vacío del no quedar…" Haciendo una interpretación budista diríamos que es al ‘yo’ al que no le queda nada, un ‘yo’ liberado del lastre del ego o identificación con la forma e imagen de sí-mismo. Ya no queda nada y se produce ‘el-vacío-del-no-quedar’.

Un vacío "inútil y perfecto". Entendemos útil como algo que sirve para algo, que tiene una función utilitaria. En la meditación lo útil está de más pues no se persigue un fin en sí mismo. Por tanto, ese vacío es perfecto en sí mismo. Sin finalidad, sin función para algo, simplemente perfecto por sí. Un estado de dicha meditativa (samadhi), sin tiempo ni espacio, sin nombre ni forma, sin causa ni efecto. Libre, inútil y perfecto.

Volvamos la mirada al primer verso citado en este texto: "el silencio es la oración". Lo primero que llama la atención es esta equivalencia antitética entre ‘silencio’ y ‘oración’. Como vimos, la oración es siempre un acto verbal y aquí se nos dice lo contrario, que la oración es silencio. Queda clara la metáfora, la cual nos acerca a la comprensión del silencio como el estado meditativo más sublime, como la verdadera oración.

En este sentido, es en el silencio donde conectamos con lo espiritual, lo trascendente, lo que no llegamos a vivenciar en nuestro estado ordinario y cotidiano. En el silencio conectamos –en primer lugar- con nosotros, nos miramos frente a un espejo limpio y estable. En esa estabilidad o quietud, todo se observa tal como es, porque la atención mental se queda agarrada a su vacuidad, y el espacio del ser se llena del silencio comprendiendo ahí –en ese océano de paz- la realidad de la identidad –o, mejor dicho, su ilusión-, ya que se destejen los hilos mentales del ego y del tiempo, y penetramos, con el silencio, en la puerta luminosa de la eternidad.


Fuente: José Manuel Martínez Sánchez
(Maestro de REIKI USUI TIBETANO)

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