Escapando del maltrato doméstico

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Me sentía como un triste cliché.

El hombre con el que me había casado tenía un grave problema de alcoholismo. Algunas veces, cuando estaba ebrio, me golpeaba. Cuando volvía a estar sobrio, me pedía llorando que lo perdonara.

Yo había abandonado toda esperanza de que las cosas cambiaran. Pensaba que si lo perdonaba, él se sentiría amado y eso sanaría la causa que lo hacía beber. Cuando eso no ocurría así, yo creía que había fracasado como esposa. Me sentía tan sola llevando esta vida horrorosa.


Esto continuó por doce años. ¿Por qué me quedé? La conmoción producida por la brutalidad recurrente me había dejado paralizada por las dudas acerca de mí misma. Yo era educada, tenía habilidades laborales, tenía amigos y familiares que me amaban. Sin embargo, me sentía incapaz de apartarme de esta situación.



“Querido Dios, sácame de aquí.”
“Querido Dios, sácame de aquí.” Entonces, una noche, luego de otra brutal paliza, una súplica salida del corazón emergió en mí como una simple oración: “Querido Dios, sácame de aquí.” Pocos minutos más tarde, mientras mi esposo dormía la borrachera, salí furtivamente de la casa con mi pequeño hijo. No tenía ningún tipo de ingresos, sin embargo, me aferré a la esperanza de que Dios nos iba a ayudar de alguna manera.

Al principio, pensé que no tenía ningún lugar adonde ir. Pero ser capaz de marcharme esa noche, me demostró que el primer lugar al que acudir en busca de fuerza y valor, es Dios. Al aceptar, aunque fuera en mínima medida, que Dios tenía el poder de ayudarme, pude determinar qué pasos tomar para liberarme de esa violenta relación.

Esa noche, fui a casa de unos familiares. Al día siguiente, llamé a un abogado para comenzar los trámites de divorcio. Mi esposo fue informado que tendría que abandonar nuestro hogar para que yo pudiera retornar con nuestro hijo. La Justicia también le hizo saber que tenía que permanecer alejado de nosotros.

Yo estaba muy asustada. Mi esposo estaba furioso porque lo había denunciado. Pero yo me sentía capaz de aferrarme a este recién hallado valor y persistir en mis planes.


Dos semanas más tarde, descubrí que estaba embarazada.
Dos semanas más tarde, descubrí que estaba esperando mi segundo hijo. Mi esposo pensó que eso haría que volviera a él. En cambio, fortaleció mi resolución de encontrar un ambiente más seguro tanto para mis hijos como para mí.

Nuestra niñita nació por cesárea. A causa de la cirugía, no estuve apta para trabajar por muchos meses. Pude conseguir ayuda económica y bonos de alimentos para poder sobrevivir. El orgullo cedió lugar a la gratitud por la asistencia pública temporaria que estaba disponible para nosotros y que nos ayudó a mantenernos libres.

Unos nuevos amigos, cuyas vidas tenían una sólida base espiritual, sabían de mi situación. Ellos habían estado compartiendo conmigo lo que conocían acerca de Dios. Cuando vieron que eso me servía de consuelo, me regalaron una Biblia y el libro Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras, por Mary Baker Eddy. A medida que estudiaba estos dos libros, comencé a entender que Dios está siempre conmigo.

Nadie en mi familia conocía Ciencia y Salud así que me dirigí a las personas que sí sabían de él. Quería ver si ellos eran capaces de poner en práctica esas enseñanzas. Empecé a asistir a una filial local de la Iglesia de Cristo, Científico. En las reuniones de testimonios, la congregación compartía relatos alentadores de cómo Dios los había sanado de todo tipo de problemas cuando pusieron en práctica la clase de oración enseñada en Ciencia y Salud.

“Esta mujer me comprende.”
Aprendí que la autora de este libro, Mary Baker Eddy, fue una mujer del siglo XIX quien, al igual que yo, era divorciada. También había pasado por muchas de las dificultades que yo estaba enfrentando. Recuerdo que pensé: “Esta mujer me comprende y sabe lo que necesito.” Por sus obras y su ejemplo, me di cuenta de que no tenía que culpar a nadie por mis problemas. Comencé a reflexionar que Dios, la inteligencia divina, me ayuda a elegir lo que es mejor cuando busco inspiración. Dios es el origen y la guía supremos. Encontraba que era más fácil darle poder a Dios sobre mi vida, que dárselo a otra persona.

Una vez que hube dado los primeros pasos para escapar del maltrato, la amenaza de violencia continua comenzó a disminuir. Eso me permitió pensar más claramente. Aprendí muchas lecciones salvadoras. Ni el razonamiento espiritual ni el sentido común permiten que alguien sea el saco de arena de otra persona. No existe una excusa legítima para el maltrato. En Norteamérica el maltrato constituye un delito. El hecho de que el culpable sea un miembro de la familia o un allegado a la misma, de ninguna manera lo exime del delito. Y si los niños son testigos presenciales del maltrato, el hecho constituye abuso de menores.

Además del sufrimiento que causa a la persona maltratada, el abuso también impide que el causante sea obligado a solicitar ayuda por su carácter violento. ¿Se debe perdonar y tener compasión por el culpable? ¿Se debe orar por su liberación de esa conducta violenta? Por supuesto que sí, pero la sabiduría nos dice que debemos hacerlo a una distancia prudencial.
Nadie ha vuelto a maltratarme jamás.
Se me hacía cada vez más claro que nada podía impedir que Dios expresara amor perpetuamente. Yo siempre había tenido derecho, como hija de Dios, a vivir una vida segura y feliz. El dolor y la ansiedad disminuyeron. Las soluciones prácticas para los problemas diarios comenzaron a aparecer. Yo no oraba para que el bien sucediera sino que lo hacía para identificarme a mí misma como la hija de Dios, que ya incluía todo lo que necesitaba para probar de manera visible, tangible y útil, que Dios, el Bien, solamente gobierna mi existencia.

Una de las lecciones más importantes que aprendí durante esta experiencia, es que la vida es un regalo precioso que debe ser utilizada para expresar felicidad y utilidad. En los más de 20 años que hace que huí del maltrato, en tanto que he dejado que Dios me guiara, mi vida ha continuado progresando. Más aun, nadie ha vuelto a maltratarme jamás.

Hace ocho años, conocí a mi actual esposo. Él es amable y alegre y es mi mejor amigo.

Fuente: Barbara Whitewater

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