Memorias de un Tigre

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Tendría un mes, no más, cuando comencé a darme cuenta de que la piel de mi mamá no tenía pelaje como el mío. El de ella era corto, de color ocre subido y uniforme, en tanto el mío era gris amarillento con rayas negras, suave como un plumón.

Éramos dos hermanos semejantes, entre otros seis diferentes que se atropellaban unos con otros sobre las ubres maternas para alimentarse, mientras que yo y mi igual hurgábamos entre ellos para conseguir un lugar entre los pezones.


Los hijos legítimos, amontonados y atropellados, sólo accedieron a cedernos un sitio cuando comprobaron en sus pellejos que teníamos uñas filosas en los extremos de las patas.

Una mañana un guardián del zoológico se llevó a mi hermano. Me quedé solo en el chiquero, entre esos animales extraños y opté por resignarme.

Otro día vinieron a vernos a mi mamá o a mí, no sabría decirlo, los chicos de una escuela con su maestra, un fotógrafo y un camarógrafo de televisión.

El director del zoológico, un veterinario mediático, medio barbudo y con chaquetilla blanca, me tomó en sus manos, me acarició y arrulló en su seno y hasta me dio un beso para demostrar su cariño.

Explicó a los visitantes quién era yo y pidió a los escolares que entregaran un papelito con el nombre que quisieran ponerme. Después del concurso que duró un mes, resultó que vine a llamarme Jim, como el niño indio de una novela, en vez de Boby (nombre de perro), Falucho (soldado de la guerra de la independencia), Facundo (caudillo argentino del siglo XIX apodado el Tigre de los Llanos) o Mickey (ya había un ratón famoso con ese nombre).

A las semanas vine a saber que mi padre había sido un cuadrúpedo carnicero de Birmania y se mandó a mudar a la selva por su instinto de polígamo, dejando a mi madre abandonada, que a las semanas murió de tristeza o neumonía, no pude saberlo bien.

Por ese entonces privaba en el mundo la moda de la solidaridad, y acorde con sus principios, el director del zoológico asiático nos había obsequiado al de Buenos Aires junto con mi hermano.

Éste nos aceptó sin tener madre que nos amamantara. Nos encerró en un corral con una obesa chancha cordobesa que nos dio leche sin darse cuenta de que éramos unos intrusos, aunque cada tanto nos miraba de reojo, vaya uno a saber por qué razón.


Fuente: http://cuentobreve.blogia.com/

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