Crisis en la pareja: cómo afrontarla

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El número de consultas de este tipo ha aumentado espectacularmente en los últimos años, probablemente porque cada vez hay más parejas que no se resignan a acabar su relación, porque se dan cuenta de los problemas que se presentan en los hijos cuando hay un divorcio los hijos son las victimas del divorcio.

Sin embargo, también es cierto que "dos no discuten si uno no quiere", y mucho menos, rompen una relación. Cuando las cosas se ponen feas, un psicólogo puede brindar las claves necesarias para reencaminar la situación y devolver las aguas a su cauce. Solo hay un elemento indispensable, y es la voluntad de los dos para resolver la situación.


En todo caso, la terapia de pareja puede funcionar aun cuando sea uno solo quien acuda a la consulta, ya que se le puede enseñar a cambiar su actitud y manejar los puntos clave para que la relación recupere su rumbo.

Tres etapas críticas
Los psicólogos han identificado tres momentos clave en los que pueden surgir las crisis de pareja y que, por lo tanto, merecen especial atención.

Una separación, un divorcio, o cualquier desengaño sentimental, siempre marcan el destino amoroso de quienes los sufren. Apareciendo cada vez que da comienzo una nueva relación en forma de miedos y temores.

Según la psicóloga y sexóloga Rosario Castaño, este tipo de comportamientos son inevitables: "Todas las personas temen las comparaciones con anteriores parejas, el fracaso en las relaciones sexuales.

En el ámbito del hogar temen volver a hacer cosas que no le gustaban o a asumir responsabilidades que les dejaban agotadas. Y quieren que haya un respeto y un cariño mutuo entre sus hijos y su nueva pareja que facilite la convivencia de toda la familia", concluye.

El fin del desamor
Pero los miedos, los fantasmas y las noches en blanco de desamor no duran eternamente. Y al final, algún día, todas las personas vuelven a tener capacidad de amar.

O al menos así lo cree el psicólogo Stephen Gullo, autor del libro El Shock sentimental, quien sostiene que, por muy difícil que parezca, siempre se recupera la capacidad de amar:

“Después de todo lo pasado y con todo lo que se ha aprendido y logrado a partir del sufrimiento personal, no sólo se vuelve a ser capaz de amar, sino que además se disfruta de inmejorables ocasiones para desarrollar una relación amorosa más satisfactoria, basada en lo que se ha debido soportar y en un nuevo y más perfecto autoconocimiento".

No existe un remedio mágico e instantáneo para hacer desaparecer todos los temores que impiden dar comienzo a una relación amorosa lo más placentera posible. Todo es cuestión de dar tiempo al tiempo y de poner algo de nuestra parte.

Según Juan García Gómez, orientador familiar y director de Delphos ”Cuando la infidelidad es casual en el hombre, suele haber un arrepentimiento, un ajuste y un reconocimiento del error cometido”.

Sin embargo, cuando la que comete una infidelidad es una mujer ”La posibilidad de entendimiento suele ser más difícil. Pero cuando hay una relación continuada fuera del matrimonio, tanto para la mujer como para el hombre, normalmente no hay arreglo” termina diciendo Juan García Gómez.

La solución más efectiva
Cuando en la pareja una persona ha entregado mucho y a cambio recibe una traición, pierde la confianza tanto en el amor como en las pequeñas cosas de la vida. Sólo el paso del tiempo, una dosis alta de madurez y el diálogo permitirán que se pueda recuperar.

Intentar comprender lo que pasó y reconstruir la relación quizá sea difícil, pero merece la pena intentarlo. En todo caso, conviene afrontar el conflicto con calma. Y evitar dar cosas por supuestas antes de hablar.

El catedrático Aquilino Polaino Lorente y Pedro Martínez Cano, doctor en Psicología e investigador del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Navarra, en su libro La comunicación en la pareja. Errores psicológicos más frecuentes, establece diez tipos de incomunicación conyugal:

Indiferentismo. Desde la indiferencia es imposible entender al otro. Es una actitud simulada para enmascarar la atracción o la repulsión que provoca el ser querido, al que se despersonaliza.
Dependencia. Las personas que dependen afectivamente nunca llevan la contraria y ceden en todo con tal de ganarse el afecto. No existe un diálogo entre iguales.
Manipulación. Gestos y actitudes que tienen un propósito manipulador. La intención verdadera nunca se expresa.
Apropiación posesiva. Se pretende poseer al otro como si fuera un objeto sin respetar su libertad u obstaculizándola para que encarne a toda costa nuestro ideal de hombre o mujer.
Desconfianza. Suspicacias en lo económico, lo afectivo... La desconfianza conlleva una renuncia a hablar de esas temas.
Independentismo. Personas que defienden la independencia a ultranza y padecen una especie de fobia al compromiso. Esta actitud denota inmadurez.
Celos. Presunción no fundada en la infidelidad del otro. Anida en seres inseguros y de baja autoestima. Ante el miedo a ser malinterpretado, la incomunicación se instala en la pareja.
Temor. La agresividad, física o psicológica, ha entrado en escena; este sentimiento bloquea el diálogo, distancia y separa.
Inseguridad. Acecha a las personas dubitativas cuyo carácter aún no está formado. De aquí a los celos hay un paso.
Instrumentalización del otro. Consiste en hacer del otro un medio al servicio de los fines propios.

Vale la pena darnos otra oportunidad de ser felices.

Fuente: En Plenitud

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